Se acabaron los preeliminares, la planificación.
El primer paso de los miles de kilómetros que debo recorrer empezó.
Eran las 04:00 y desperté. Por una elemental muestra de consideración, no dejé que mi papá me lleve al aeropuerto. Aunque claro, si después sabia que me iban a cobrar USD 5, por ahí no lo dejaba dormir.
Al llegar al Mariscal Sucre, creo que fui el que abrió la puerta. El vuelo a Machala era el primero que salía en el día, a las 5:50.
Todo normal. Chequeo, pase a la sala de abordar y orden al máximo.
De pronto, me di cuenta que no era un vuelo normal.
Por los parlantes, empezarón a llamar a Jaime Enrique Aymara, perínclita figura del canto y la farándula nacional.
Creo que es cosa del destino, pero no es la primera vez que comparto avión con tan notorio personaje.
No le tomé foto. El señor Aymara creo que tiene
demasiados problemas como para soportar que un imprudente lo fotografíe cuando todavía no amanece.
Pero esa no sería la única sorpresa. Ya en el bus que nos llevó al avión, la ultraconocida y -por qué no decirlo- cansona figura del Fiscal de la Nación, Washington Pesántez.
Finamente ataviado (!), Pesántez fue atendido con extrema amabilidad e incluso salamería por el personal de Tame.
Por similares razones que a Aymara, no lo fotografié al fiscal, aunque tengo una foto dentro del avión donde su prominente cabeza se destaca.

El avión que embarcamos fue un Embraer 120, modelo Brasilia, el típico que usan los millonarios brasileños. Un asiento individual, pasillo y una fila de dos puestos, nada del otro mundo.

Nos sirvieron un breve desayuno, de sanduche de queso, con jugo de durazno y café. ¿Qué quieren, el servicio del Hilton?

Dormí buena parte del vuelo de 50 minutos. Cosa curiosa: antes de aterrizar, nadie pidió que nos abrochácemos el cinturón. Solo me di cuenta cuando tocamos pista.